martes, 9 de diciembre de 2014

Sobre la vejez y la inocencia.

Recuerdo tantas cosas de mi infancia, tantos pensamientos y tantas sensaciones, fui una niña muy soñadora. Si llegase a repetir las cosas que imaginaba ¡Cuán descabellado sonaría! pero ahí radica lo bello de la inocencia, la mejor etapa, la que nunca regresa...

Al crecer sentimos una añoranza profunda por aquellos días sin desasosiego, sin cargas y sin inquietudes, libres, vívidos... y aún cuando hemos madurado, ese niño que fuimos sigue dentro, atrapado entre melancolía y felicidad. Quizá por ello es que nos conmueve ver niños jugando o intentando entablar una conversación como adultos donde se deja apreciar en toda plenitud el dulce, dulce, dulce candor de sus almas.

No obstante, creo que al envejecer nos volvemos a transformar en una mezcla de inocencia y sabiduría, algunos viejos vuelven a recobrar esa luz ingenua como si al envejecer nuestro ser nos incite a volver a lo que éramos.

La palabra "viejo" no suele ser muy bien acogida, viejo se asocia con algo arcaico, obsoleto, cercano a la expiración, a la muerte. En particular, veo la vejez como el tiempo de la eterna espera, de la resignación y a veces del desconsuelo. No todos la llevan a cuestas de la misma manera, pero aún así, el sentir es el mismo. El final es el mismo.

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