Al crecer sentimos una añoranza profunda por aquellos días sin desasosiego, sin cargas y sin inquietudes, libres, vívidos... y aún cuando hemos madurado, ese niño que fuimos sigue dentro, atrapado entre melancolía y felicidad. Quizá por ello es que nos conmueve ver niños jugando o intentando entablar una conversación como adultos donde se deja apreciar en toda plenitud el dulce, dulce, dulce candor de sus almas.
No obstante, creo que al envejecer nos volvemos a transformar en una mezcla de inocencia y sabiduría, algunos viejos vuelven a recobrar esa luz ingenua como si al envejecer nuestro ser nos incite a volver a lo que éramos.
La palabra "viejo" no suele ser muy bien acogida, viejo se asocia con algo arcaico, obsoleto, cercano a la expiración, a la muerte. En particular, veo la vejez como el tiempo de la eterna espera, de la resignación y a veces del desconsuelo. No todos la llevan a cuestas de la misma manera, pero aún así, el sentir es el mismo. El final es el mismo.
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